jueves, 19 de noviembre de 2009


Sinnata se sintió grande en su dolor, algunas veces. Grande quiero decir, hinchada de dolor, llena llenita de gotas de llanto y de palabras ahogadísimas, sueltas, a la deriva - inundadas - Sin con la boca repleta de lágrimas calladas, de ojitos retorcidos por no mirar, de dedos cruzados y uñas comidas, de espinitas por todos lados.

Uf.... Sinnata, de niña, a veces fue grande.

Esas veces, dicen, que Sinnata, mutó. Dejó de ser ,en parte, niña. (Aunque Sinnata nunca fue otra cosa que niña). Pienso que quizás fue partiendo, de a poco, esas veces.

Una vez, fue esa vez que tuvo el primer ataque de asma. Frente al mar, claro, Sinnata, un poco se fue. La trajo de vuelta una ola y se sintió mejor.

Otra vez, fue cuando escribió un poema de amor. No sabía a quien amaba pero amaba enloquecidamente. El corazón le latía tan fuertemente que tuvo que sujetarselo con las dos manos. Y no paraba. Tanto amor la asustaba . Pero lo peor era que no sabía a quien dedicarselo. Tenía un grito de amor sin dueño. Entonces se acostó boca abajo y dejó que el golpe del corazón no la golpeara tanto a ella y se fuera con su tambor por la madera del piso, golpeando, a otra parte.

Un día vió en la tele a la GUERRA. Nunca la olvidó.

La noticia de la muerte de su abuelo llegó una vez...ay, esa vez si que lloró.

Pero el peor día de todos, fue el día en que Sinnata mató a su hermano.

Sinnata rechina los dientes. Papasinnata maneja su auto. Al lado, una mujer que casi no parpadea. Y un silencio.............. de los que de verdad, lastima.

Sinnata ya había cometido su asesinato.
Ella lo sospechaba. Había pensado tanto en la muerte que esta no hubiera podido dejar de venir.
Su hermano muerto había crecido en perfectas condiciones en el vientre de la mujer que ahora casi no parpadeaba ,más o menos 5 meses. 5 meses de gestación, de estar allí adentrohaciendose cuerpo y alma. Era varón. Quizás hubiera tenido el mismo pelo, la misma piel, iguales gestos de hermanos.
Un silencio hondo, frío, le arrojaba toda la culpa a Sinnata. Sin, que vivía más que nunca en ese silencio muerto. La niña se asumía culpable, culpable porque lo había deseado. En todas las siestas de papásinnata lo había deseado intensamente, lo había dejado marcado con sus ojos, en el aire, que fijos se clavaban en el vidrio de la ventana. En las siestas de papasinnata, Sin se sentaba frente a la ventana y deseaba. No miraba para afuera. No veía llover, ni veía a los autos pasar, ni a chicos jugar en la calle, ni abrazos de padres, ni perros contentos, ni el vidrio, ni el marco de la ventana, ni el reloj que dejaba pasar el rato que ella tenía para jugar. Papasinnata dormía la sieta y ella lamentablemente deseaba lo que pasó.

Sinnata bajó del auto con su cuerpo ardiendo porque ese día no lloró agua sino fuego.