miércoles 24 de marzo de 2010

EL DÍA QUE LLOVIÓ CANTO

Sinnata cantó un día. Ese día llovió torrencialmente y aunque fuera común que lloviera en la que fue su ciudad de niña, ese día la tormenta fue atípica. Las gotas de lluvia eran largas, delgadas y puntiagudas. La gente en la calle esquivaba como podía los disparos caídos del cielo, los cuerpos arropados se contorsionaban para evitar los pinchazos de las gotas que no sólo humedecían las ropas sino que las agujeraban.

Es raro que el diario no escribiera nada sobre ello. Es que la gente iba y venía igual que siempre pero pinchados y por eso con una extraña manera de andar.
Sinnata cantó su canto. Salió su voz honda no por su boca sino por sus poros deslizando sonido por el bello, terminando en la punta de cada pelo y cayendo al cielo. Y del cielo el agua.

Fue después que sobrevino la tormenta. El cielo se nubló. Se tornó negro o quizás no fue tan negro sino gris oscuro o celeste sucio o celestón.
Que la hizo cantar a Sinnata, no se sabe. Algunos creen que estaba enojada con su padre porque no la retiró de la escuela el día anterior. Otros dicen que le cantó amor a su madre pero no, hubiera sido otro el clima. Otros creen que lavó culpas, otros que culpó. Hay quienes aseguran que Sinnata creció ese día y se vió mujer niña. Quien sabe.

La cuestión es que Sinnata cantó su primer y último canto. Y ningún otro dia diluvió igual porque después no dijo ni A ni MU. Si cantó, cantó en silencio y si habló, dicen, nadie escuchó.